domingo, 9 de julio de 2017

Los mates más fríos de mi vida.

Los mates más fríos de mi vida los tomé con el agua recién sacada de la pava, agua caliente.
Los cebé con yerba nueva, bien sacudida porque 'el polvo hace mal'.
Los tomamos juntos.
Los mates más fríos de mi vida los cebe y te los pasé, mientras hacía lo más difícil que me ha tocado hacer.
Los mates más fríos de mi vida se enfrían mientras hablo.
Hablo y hablo y hablo y no puedo parar, porque necesito sacarme del alma esto que me pasa.
Te cebo y alcanzo el mate.
Se rozan nuestros dedos, esos pedacitos de piel se acuerdan que supieron ser la extensión de nuestros cuerpos entrelazados.
Esos dedos ahora sólo sienten el calor del mate y un escalofrío de memorias.
Recibís el mate, como una posta para hablar.
Hablás, como si te destaparas.
Como si estuvieras desanudando algo con una paciencia que no te pertenece, una paciencia practicada.
Te apuro con el mate, que no es micrófono, es sólo un mate.
Te apuro porque necesito tener algo entre las manos, para no sentirlas tan solas, tan frías.
Pero al frío lo llevo adentro.
Entre un trago y otro, consigo empaparme de la fuerza que necesito, te miro y te digo desde el alma que no me quedan ganas.
Me vuelvo trasparente y te digo, que de nosotros solo quedamos vos y yo.
Que juntos ya no significamos,
Nada.

domingo, 2 de julio de 2017

Niños perdidos

Creo que si hay una tradición en Argentina que nos define es la de aplaudir, pero no aplaudirnos porque todo nos sale bien. Ni tampoco aplaudir mirando como los demás hacen las cosas bien mientras nosotros la pifiamos.
No. La de aplaudir para reunir gente: aplaudir en la playa.
En otros países (que se parecen más a otros universos), las playas deben tener gente de seguridad que se ocupa de estas cosas. Seguro ni se pierden chicos, o los que se pierden hablan con un policía y se resuelve todo en algún silencio incomodo con los padres. Acá no.
Tal vez acá se pierdan más chicos en la playa, porque los padres se hunden en un mate o se pelean con el de al lado. O tal vez son nuestros chicos, que son demasiado confiados y siguen caminando para donde les surge.
La cuestión es que de repente las olas no son un buen punto de encuentro y unos están por un lado y los otros por otro. Y en algún momento el hijo se descubre sólo. Alguien que está por ahí (siempre hay 'alguienes' en todos lados en la costa argentina) le pregunta: ¿con quién estás? Y ahí nace el momento de el Aplauso. Arranca alguno, que suele ir con el niño de la mano o a cococho, y empieza a caminar mientras los de alrededor, dan comienzo y perpetúan el acto de aplaudir.
Es una manera que muestra mucho. Toda la playa se entera de que alguien perdió a su hijo. Muchos señalan acusadoramente a los padres pero también todos (o casi todos) deciden ayudar.
A veces se forman procesiones en torno al niño y al adulto que caminan. A veces no, pero el Aplauso los acompaña: los publica. En algún lugar la costa se acorta a un solo punto y la familia está otra vez reunida. Los padres agradecen avergonzados al caminante y a la multitud. Algunos abrazan a sus hijos y tambien los retan un poco: 'mirá el quilombo que armaste'. Otros, imagino, le quitan importancia al asunto: 'los chicos son así'. Lo cierto es que al rato la memoria colectiva playera ya no distingue al niño que estuvo perdido de los demás y el suceso se deja atrás.
Se supera, pero no se olvida, por supuesto que no: el Aplauso, que en realidad era eco de todos los anteriores, permanece resonando en algún caracol hasta que vuelva a ser necesario.
Sí, sé que unas líneas más arriba afirmé que el Aplauso se crea, pero en realidad, es parte del paisaje de la costa y allí mismo se guarda y espera. El Aplauso es una entidad latente que vive en nuestras playas. Es una suerte de espirítu que nos recuerda que podemos ser solidarios, que podemos ser un equipo; pero ante todo nos demuestra que aunque estemos muy perdidos, con un poco de ayuda, podemos reencontrarnos.